Cellatica es un pequeño municipio en las colinas justo al noroeste de Brescia, en el límite de la Franciacorta. Su propio nombre cuenta su vocación: viene del latín cella vinaria, la bodega. La denominación se reconoció en 1968 y es diminuta: unas 5 hectáreas de viñedo y 200 hectolitros de vino. Junto a la vecina Franciacorta, famosa por sus burbujas, Cellatica conserva un tinto de tradición bresciana.
Un coupage bresciano
El Cellatica es un tinto de varias uvas, con proporciones fijadas por el pliego: al menos un 30 % de Barbera, al menos un 30 % de Marzemino, aquí llamado Berzemino, al menos un 10 % de Schiava Gentile y al menos un 10 % de Incrocio Terzi n.º 1, un cruce de Barbera y Cabernet Franc nacido en la propia provincia de Brescia. Hasta un 10 % puede proceder de otras uvas tintas. La graduación mínima es del 11,5 %.
El Rosso es un vino para beber joven; el Superiore envejece unos 11 meses y no sale antes del 30 de septiembre del año siguiente a la vendimia. En la copa es rubí, con aromas de cereza, pequeños frutos rojos, violeta y un toque especiado; en boca es fresco, con tanino suave.
Cinco siglos de citas
Las primeras menciones literarias del vino de Cellatica se remontan al siglo dieciséis. El fraile benedictino Teofilo Folengo, uno de los padres de la literatura gastronómica italiana, lo cita en sus poemas macarrónicos junto al «mangiaguerra» y la vernaccia de Volta. A finales del mismo siglo, Andrea Bacci, médico del papa Sixto V, escribe que el territorio de Brescia supera al resto de la llanura del Po en la fecundidad de todo fruto, «pero especialmente en los vinos».
En la mesa
El Cellatica acompaña primeros platos, risotto de setas, embutidos, carnes rojas y parrilladas, y se sirve entre 16 y 18 grados. Para descubrir los demás vinos de la Lombardía oriental, al sur, en el lago de Garda, está el blanco Lugana.

