VINOS BLANCOS Y ROSADOS
  • 25 DE AGOSTO DE 2026
  • 3 min
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Bulli y ese extraño desconocido del Ortrugo

Bacedasco Alto, provincia de Piacenza, territorio de burbujas o más precisamente de vinos frizzanti, de simplicidad y vinos para la mesa, para la comida, para los embutidos nobles o también menos nobles, para comidas grasas y para picnics al aire libre, para descorchar...

Claudio Tenuta

por Claudio Tenuta
Sumiller

Bulli y ese extraño desconocido del Ortrugo

Bacedasco Alto, provincia de Piacenza, territorio de burbujas o más precisamente de vinos frizzanti, de simplicidad y vinos para la mesa, para la comida, para los embutidos nobles o también menos nobles, para comidas grasas y para picnics al aire libre, para descorchar sin contorsiones mentales, para beber a morro, para disfrutar inmediatamente y para intentar conservar, si la sed lo permite, un poco de tiempo con el fin de comprender su evolución en vidrio.

Leonardo Bulli es un viticultor natural y naturalista, un motociclista apasionado, un muchacho, ya un hombre de otros tiempos: alegre y generoso, luminoso e hiperfrenético, que produce una buena cantidad de vinos en su finca agrícola cerca de Castell'Arquato.

Entre los muchos: Barbera, Gutturnio, Champagnino, Malvasia, yo me he concentrado en este Ortrugo, "ortr ug" (otra uva), para distinguirla de la ubicua Malvasia local, delicada y perfumada, hiperproductiva y vinificada de todas las maneras posibles.

El Ortrugo es en cambio una uva austera, tímida, poco aromática, justamente lo opuesto de la Malvasia, y Bulli la trabaja con una vendimia ligeramente anticipada para preservar sus cualidades de frescura y a través de una refermentación natural sin levaduras seleccionadas en botella; el resultado final es un vino, este del millesimo 2012, que ha cambiado mil veces en el transcurso de las distintas catas realizadas en estos meses y que hoy, a aproximadamente un año y medio de la vendimia, ha alcanzado según mi criterio su cenit gustativo-olfativo.

En los primeros descorches era un vino oscuro, retraído, de color pajizo-grisáceo y de espuma abundante aunque evanescente, todo giraba en torno a sensaciones de levadura y marcada vegetalidad que en el paladar se transformaba en una sapidez herbácea casi agresiva y en una rudeza descompuesta que lo hacía muy adecuado para platos grasos y de tendencia dulce.

Hoy el pajizo es decididamente transparente, las burbujas son finas y la nariz ha alcanzado un buen nivel de intensidad abarcando desde flores de manzanilla al tilo fresco, desde el níspero a la hierba; la espuma es blanca, las burbujas son numerosas y de persistencia media aunque no finísimas, en el paladar es salino, carnoso, envolvente, de precisa limpieza de las papilas gustativas y con un sabor que retorna a esas notas vegetales iniciales, de fruta fresca amarilla y ácida (níspero) y flores blancas (azucena), cierra salado y artesanal como es debido, y no os impresionéis si en el fondo de la botella queda algo de sedimento, el vino no está filtrado y todo lo que bebéis es natural sin sulfurosa añadida de manera masiva.

A mí me encanta beberlo al final del día mirando el atardecer de la costiera Amalfitana, quizás con dos rodajas de salame local y unos trozos de fior di latte de Tramonti, pero tampoco le harían ascos a unos tubetti di Gragnano con calabaza y hinojo silvestre o un crudo de seriola con pimienta y menta fresca, pero como se dice "sobre gustos no hay disputas" y cada uno puede probarlo con lo que considere más adecuado...

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