Las Colline Teramane son el rincón septentrional de los Abruzos: una franja de colinas costeras e interiores de la provincia de Teramo, cerrada al noroeste por el macizo del Gran Sasso y los Monti della Laga y abierta al este sobre el mar Adriático. Aquí el Montepulciano encuentra las condiciones para dar su vino más estructurado. Hasta 2003 la zona formaba parte de la DOC Montepulciano d'Abruzzo; ese año se convirtió en DOCG propia, y desde 2016 su nombre oficial es Colline Teramane Montepulciano d'Abruzzo.
Tierra entre montaña y mar
Los viñedos ocupan unas 172 hectáreas, con una producción de 4.430 hectolitros. Los suelos proceden de depósitos marinos entre el Plioceno y el Pleistoceno: arcillosos y limosos, más arenosos hacia la costa. Las pendientes son suaves y bien expuestas. El clima es templado, cálido en verano, con la oscilación térmica que aporta la cercanía de las montañas.
Reglas y estilos
El pliego exige al menos un 90 % de Montepulciano, con Sangiovese hasta el 10 %. La graduación mínima es del 12,5 %. El Rosso envejece al menos un año, dos meses de ellos en botella; el Riserva al menos tres años, uno en barrica y dos meses en botella.
En la copa es rubí intenso, casi impenetrable, con aromas de cereza negra, ciruela, violeta, regaliz y especias. El tanino es robusto pero maduro y el cuerpo pleno: un vino que gana mucho con unos años de bodega.
Una historia que pasa por Aníbal
La viticultura en torno a Teramo es antigua. El historiador Polibio cuenta que Aníbal, tras su victoria en el lago Trasimeno en 217 a. C., cruzó los Apeninos y halló en los valles de Teramo alimentos y vinos capaces de reponer a sus soldados. En la zona de Atri se elaboraba un vino llamado Hadrianum. En 1793 Michele Torcia describe la variedad Montepulciano en el interior de los Abruzos, en torno a Sulmona. En la mesa acompaña carnes rojas a la parrilla, caza, salsas de carne y quesos curados; en la misma región, el Cerasuolo d'Abruzzo es su versión rosada.



