Quien entiende de vino o quien cree entender (al menos un poco) siempre querría elegir qué beber: tipo de vino, cantina, añada y todo lo que se pueda. La elección suele ser compleja y se tienen en cuenta diversos parámetros, muchos de los cuales no son medibles ni objetivos, acompañados también de la implicación emocional que a menudo termina siendo la protagonista.
Sin embargo, ocurre que a veces no es el sujeto quien elige; puede pasar que uno se fíe de quien considera más competente, ceda a las ganas de descubrir algo recomendado que no conoce, acepte educadamente lo que el anfitrión nos propone y así sucesivamente.
El vino que les presentaré hoy, en cambio, me fue prácticamente impuesto en un restaurante con un "solo queda este": Dolcetto d'Alba Terre di Aleramo.
El Dolcetto es la tercera uva piamontesa en extensión después del Barbera y el Moscato, entre cuyas DOC la de Alba es sin duda la más conocida. De dulce solo tiene el grano, que en realidad da lugar a vinos tintos secos con un final ligeramente amargo. Fuera de la región es menos conocido que sus "nobles primos", probablemente debido a su condición de "vino de todos los días".
Es un "vino para toda la comida" y teniendo en cuenta que en la mesa habrá Pansotti in crema di noci e involtini di speck y carne blanca, podría encajar bien.
Hablemos ahora de la cantina: Terre di Aleramo. ¿Quién es Aleramo? Un marqués de vida misteriosa y difusa, conocido por la leyenda que ha acompañado su nombre a lo largo de los siglos hasta hoy. Según el relato, Aleramo se enamoró de Alasia, hija del Emperador, con quien decidió huir a sus tierras al no encontrar el valor de comunicar al noble suegro su intención de casarse, temiendo el rechazo. A pesar de la situación, continuó combatiendo bajo falsa identidad en el ejército, pero fue descubierto por el Emperador, quien decidió premiar su valor perdonándolo y dándole una fantástica oportunidad: todas las tierras que Aleramo lograra recorrer a caballo durante tres días y tres noches sin parar serían suyas. Aleramo cabalgó por toda la zona del Monferrato que, probablemente, debe su nombre precisamente a él. Monferrato deriva de mun (ladrillo) y frà (herrar): el marqués, en efecto, utilizó ladrillos para ir herrando los caballos que usaba a lo largo del recorrido y los fue arrojando en el camino como prueba de su paso.
Otras versiones de la leyenda cuentan que en realidad el caballo del marqués perdió una herradura y él encontró en el camino un ladrillo que utilizó como martillo para volvérsela a colocar. Por supuesto, también existen otras historias relacionadas con el nombre de esta zona que van más allá de la leyenda; lo único cierto es que no hay nada seguro.
Pero ahora volvamos a nuestro vino, pagado 16 euros en el restaurante y prácticamente impuesto.
Color rojo rubí con borde tendente al violáceo, aroma fresco que expresa poco: grosella roja y cereza. En boca es seco y de fácil bebida, con el típico final almendrado y levemente amargo que limpia el paladar.
Un vino sin pretensiones que de todos modos no molesta el paladar; no lo habría elegido, pero podría haberme ido peor; evidentemente la botella se terminó, y eso le hace merecer un 6 en el boletín.





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